Las elecciones primarias del pasado 11 de agosto tuvieron un doble efecto. Por un lado, la contundencia del resultado parece haber colocado a Alberto Fernández prematuramente a pasos de convertirse en el próximo presidente. Por otro, las PASO dejaron planteada un interrogante: ¿Cómo será la oposición que un gobierno del Frente de Todos deberá enfrentar?

Es allí donde radica la clave de buena parte del futuro político del país, ya que de la oposición dependerá el funcionamiento del sistema institucional de pesos y contrapesos frente a la presidencia. Si dividiéramos el andamiaje institucional en diferentes arenas, observaríamos que las gobernaciones provinciales serán controladas mayoritariamente por distintas expresiones del peronismo, mientras que tan solo cuatro quedarían como bastiones del no peronismo (Mendoza, Corrientes y Jujuy para el radicalismo y, de triunfar Horacio Rodríguez Larreta, la Ciudad de Buenos Aires para el PRO). Este control territorial tendrá su prolongación en el Senado nacional, donde el justicialismo es tradicionalmente el partido mayoritario y donde los gobernadores tienen un rol clave sobre la voluntad final de los legisladores.

En este marco, la Cámara de Diputados será un recinto clave, aunque su composición final dependerá de los resultados que obtenga Juntos por el Cambio y el Frente de Todos en las elecciones del 27 de octubre. La composición de la Cámara es también fundamental para la futura conformación del Consejo de la Magistratura, el órgano encargado de la designación y remoción de jueces.

Ahora bien, más allá de los espacios institucionales que le toquen ocupar a la oposición, cabe preguntarse cuál será la cohesión de Cambiemos, una vez que la coalición abandone el poder, y cómo será su interacción con un eventual gobierno de Alberto Fernández.

De la oposición dependerá el funcionamiento del sistema institucional de pesos y contrapesos frente a la presidencia.

La cohesión en la adversidad será el principal desafío de Cambiemos como proyecto político. En efecto, con una relación desgastada entre los tres principales socios – UCR, PRO y CC – y habiendo perdido la presidencia, la provincia de Buenos Aires y otros municipios clave, el gran peligro será la ruptura de la coalición. A esto habría que sumar una eventual disputa por el liderazgo del espacio opositor ya que, con Macri derrotado, ¿aceptarán los radicales ser los segundos de Larreta o Vidal, o preferirá Alfredo Cornejo constituirse en sí mismo como nuevo abanderado opositor?

Por otro lado, aunque muy asociado a la cohesión y al liderazgo del Cambiemos opositor, está el interrogante respecto a cómo será su interacción con un gobierno de Alberto Fernández. Frente a un contexto económico por demás adverso, y con la necesidad de construir un espacio de poder propio que licue el peso específico de Cristina Kirchner, Fernández buscará apoyos entre sus adversarios. Aquí la preservación del balance institucional de poderes dependerá de la capacidad de Cambiemos de negociar con el nuevo oficialismo, sin sufrir una sangría de dirigentes, como en tiempos de la transversalidad de Néstor Kirchner.

En definitiva, mientras que los comicios de octubre trazarán cómo quedará compuesto el Congreso nacional, solo el tiempo nos dirá si Cambiemos logra mantenerse cohesionado y evita las fugas al oficialismo de sus referentes.

 

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