Pasadas las 22hs del domingo último, los canales de noticias comenzaron a informar lo que días antes parecía improbable. La ciudadanía se había expresado a través de su voto en las elecciones primarias, en lo que fue un contundente revés para las ambiciones reeleccionistas del presidente Mauricio Macri. En efecto, las urnas arrojaron un 47,66% para el candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, y un magro 32,08% para el oficialismo, con 15 puntos porcentuales de diferencia entre uno y otro.

No solamente se trató de la primera derrota electoral de Macri desde que llegó a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad en 2007, sino que de repetirse estos resultados en octubre, estaríamos ante la peor elección de un oficialismo que busca ser reelecto desde el regreso de la democracia, en 1983. Superando la derrota de Eduardo Angeloz, que en 1989 pretendía suceder a Raúl Alfonsín en la presidencia, aunque apenas cosechó un 37,10% de los sufragios.

A la aplastante victoria de Alberto Fernández, le siguió una estrepitosa caída de los mercados bursátiles y una profunda devaluación, que llevó al dólar a alcanzar los $63. Mientras tanto, el presidente hizo una serie de apariciones que desnudaron continuos cambios de ánimo. Así, la euforia del “no se innunda más” fue seguida por el abatimiento en el bunker de la derrota, para luego ser reemplazada por el enojo, al responsabilizar a la propia ciudadanía por el derrumbe económico. La secuencia terminaría recién el jueves, cuando Mauricio Macri pidió disculpas por sus primeras reacciones, y afirmó haber escuchado al electorado, ordenando nuevas medidas para paliar la crisis.

Ahora bien, ¿cómo explicar lo sucedido por estos días en la Argentina?. En las semanas previas a la elección, parecía instalada la idea de que el gobierno saldría de las urnas con una derrota cuyo margen parecía reducirse cada vez más. Se habló de 7%, luego de 5%, luego de 4% y por último del 2% de diferencia entre Alberto Fernández y Mauricio Macri. Todas cifras validadas por permanentes encuestas, devenidas en verdaderos augures de la democracia del siglo XXI.

De repetirse estos resultados en octubre, estaríamos ante la peor elección de un oficialismo que busca ser reelecto desde el regreso de la democracia, en 1983.

El error de Macri fue haber creído a estos augures. La abultada diferencia de 15 puntos entre él y su competidor, su aplastante derrota en la provincia de Buenos Aires y su retroceso geográfico en todo el país, dan cuenta del grado de desconexión entre el presidente y su séquito de las realidades que atraviesan a la sociedad que le toca gobernar. El domingo poco importó la sofisticada máquina proselitista del PRO, la unificación del peronismo opositor y el deterioro de la situación económica y social, pudieron más que la comunicación y las redes sociales de Juntos por el Cambio.

Sería errado sin embargo, achacar solo a Macri y su equipo esta desconexión, ya que el círculo rojo, corporativo y mediático, también eligió creer esas encuestas, en un ejercicio donde el deseo por saber lo que iba a suceder, quedó en segundo lugar frente a lo que el círculo rojo quería que sucediera.

En ese lugar difuso, donde el límite entre la historia y el mito parece desdibujarse, se recuerda que en tiempos del Imperio Romano, el emperador Marco Aurelio en cada aparición pública donde era aclamado por las multitudes, llevaba detrás de sí a un esclavo que, entre las ovaciones de los romanos, se acercaba al emperador estoico para susurrarle al oído: “Recuerde señor, sólo es un hombre y toda gloria es efímera”.

Tal vez este haya sido, a fin de cuentas, el gran error que atravesó a Mauricio Macri y que enfrentan, en definitiva, a todos los gobernantes. Creer que el poder ganado en las urnas en 2015 y consolidado en 2017, le sería renovado en 2019, para continuar su proyecto de gobierno. La expresión de las urnas refutó sus expectativas, y los augures auspiciosos ahora parecen alejarse. Las próximas semanas camino al 27 de octubre serán claves. Allí veremos si Macri logra persuadir a los argentinos para que lo reelijan o si, por el contrario, encuentra sus idus de marzo para abandonar el poder.

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