A punto de concluir el mes de junio y ya cerrados los plazos de presentación de alianzas y listas para las elecciones generales de este año, las coberturas mediáticas del devenir político del país, han virado del minuto a minuto de la fragua electoral, a esbozar un análisis de las definiciones que este mes nos dejó.

En este sentido, resulta interesante el protagonismo que ha cobrado la institución vicepresidencial. Sin duda quien dio inicio a esta tendencia que marcó la temporada otoño-invierno 2019 fue Cristina Fernández de Kirchner, quien tras la publicación de un video en su cuenta de Twitter, se convirtió en la primera vice en anunciar al candidato a presidente de la historia argentina y, posiblemente, del mundo. El ungido, como se sabe, fue Alberto Fernández.

Desde su despacho en la Casa Rosada, Mauricio Macri tomó nota de esta sorpresiva jugada y para no ser menos urdió la suya, convocando a al peronista Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula, al tiempo que Marcos Peña sepultaba el discurso que viene endilgando las miserias del país a los 70 años de peronismo.

Por último Urtubey, enfrentando el naufragio de Alternativa Federal, saltó de buena gana al bote salvavidas de Roberto Lavagna.

El cargo a menudo ha sido considerado irrelevante, apenas un reemplazo con escasas perspectivas, que debía limitarse a “tocar la campanilla del Senado”, como explicó didácticamente Sarmiento a su compañero Alsina.

Sin embargo a lo largo de la historia argentina no han sido pocos los vicepresidentes que llegaron a ejercer la presidencia efectiva. A decir verdad, fueron ocho. Primero Juan Pedernera (1861) quien sucedió a Derqui tras la derrota de la Confederación en la batalla de Pavón, seguido de Marcos Paz (1865-1868) que por un largo período cubrió a Bartolomé Mitre mientras este comandaba las fuerzas de la Triple Alianza contra el Paraguay.

Carlos Pellegrini llegó al poder en 1890 luego de la Revolución del Parque, para completar el mandato del renunciado Miguel Juárez Celman, y los otros cinco llegaron a la primera magistratura tras la muerte de sus antecesores. En este grupo se cuentan José Evaristo Uriburu (1895), José Figueroa Alcorta (1906), Victorino de la Plaza (1914), Ramón Castillo (1942) y María Estela Martínez de Perón (1974).

En la actual coyuntura los dos principales contendientes parecen haber recurrido a la institución vicepresidencial para triunfar en las urnas. Por un lado Cristina busca presentar una formula edulcorada, colocándose detrás de un político negociador, sin carisma, sin votos y sin territorio. En este sentido Alberto Fernández viene a interpretar el papel del presidente débil, puesto por el caudillo de turno, como Roca hizo con Juárez Celman, Yrigoyen con Alvear y Duhalde con Néstor. Vale sin embargo advertir, que una vez hechos presidentes ni Celman, ni Alvear, ni Kichner fueron tan débiles y tan dúctiles como sus predecesores esperaban, aunque Cristina parece haber descartado esta hipótesis.

Por su parte Macri recurrió a Pichetto para dar un golpe de efecto al cierre de las alianzas electorales, una muestra de apertura y una señal de gobernabilidad, de cara a un segundo mandato que, de producirse, no escatimaría en desafíos. La figura de este histórico referente del peronismo parlamentario presenta similitudes con Lyndon Johnson, vicepresidente de John F. Kennedy entre 1961 y 1963, y el ficticio personaje de House of Cards, Frank Underwood, ya que los tres eran jefes del bloque de sus partidos en el Senado, los tres oriundos de estados del sur y su capacidad negociadora los llevó (o podría llevar) a la vicepresidencia.

De una u otra manera, gane quien gane, la vicepresidencia será un lugar clave del próximo gobierno y solo el tiempo dirá si, a partir del 10 de diciembre, Cristina Kirchner o Miguel Ángel Pichetto se limitan a hacer sonar la campañilla.

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